Los gurúes se equivocaron: la ANC trajo la paz, no la guerra civil (+Clodovaldo)
Los gurúes del análisis situacional
habían pronosticado que la violencia daría una nueva vuelta de tuerca si
el gobierno no abortaba la elección de la Asamblea Nacional
Constituyente. Apocalípticos como ellos solos, preveían que con cada
decisión que tomara el cuerpo deliberante (espurio, según machaban en
sus “análisis”) habría más manifestaciones, más trancazos, más plantones
y, claro, más muertos.
Los expertos se equivocaron de banda a banda.
Tras la elección constituyente,
literalmente de la noche a la mañana, llegó la paz. Se acabaron los
bochinches, los cierres arbitrarios de vías, no han quemado a ningún
otro ser humano, no han intentado matar policías y guardias con armas
“artesanales” (¡Dios, qué injuria para la artesanía!). Agosto ha sido,
hasta ahora, un remanso que ni el más optimista de los comeflores podía
haber imaginado.
Y, que conste en acta, no es porque la
ANC haya incumplido sus promesas. Por el contrario, llegó cortando oreja
y rabo, al menos en lo que respecta al plano político. Destituyó a la
fiscal general, nombró a su reemplazo, tomó posesión de una parte del
Palacio Federal Legislativo, reinstaló los cuadros de Bolívar y Chávez,
instaló la Comisión de la Verdad, recibió al presidente Maduro, emplazó a
la Asamblea Nacional a subordinarse y, como no lo hizo, asumió parte de
sus funciones. Para completar la faena, allanó la inmunidad
parlamentaria de Germán Ferrer, el ex “primer caballero de la Fiscalía”.
Y ninguna de esas acciones y decisiones
ha provocado no digamos ya un disturbio o un trancazo, sino que ni
siquiera ha sido la causa de un cacerolazo con vuvuzela.
¿Qué ocurrió?, se pregunta mucha gente, empezando por los expertos que habían vaticinado la guerra civil.
Un primer elemento que podemos
considerar es el peso de los hechos del 16-J y el 30-J, que tuvieron
efectos demoledores para la dirigencia y, sobre todo, para la militancia
opositora. Llevándolo al terreno del boxeo, el 16-J fue como un knock
down, mientras el 30-J resultó ya el nocaut fulminante.
El 16 de julio, hubo dos eventos
simultáneos: el plebiscito opositor y el simulacro de las elecciones
constituyentes. En esa consulta privada opositora quedó demostrado, a
pesar de las infladas cifras anunciadas por una comisión de “notables”
(imposibles de verificar), que la base antichavista seguía estando
circunscrita a zonas de clase media y alta, con el ilusorio megáfono de
los organismos internacionales y de la maquinaria mediática global. Con
el simulacro, en tanto, se puso en evidencia que era cierta la frase
(hasta entonces meramente propagandística) según la cual “Rondón todavía
no había peleado”, es decir, que el pueblo revolucionario se encontraba
a la expectativa para mostrar su fuerza, para decirle al mundo que no
estaba desarticulado y en fuga, como la misma maquinaria había hecho
creer. Ese día, a la oposición le dieron conteo de protección.
Ambos aspectos fueron confirmados el 30
de julio, cuando, adicionalmente, se observó que una parte del sector
medio (raigalmente opositor) se movilizó para votar, rechazando así las
amenazas y coacciones de sus vecinos violentos, muchos de ellos con el
apoyo de grupos delictivos y paramilitares. Ese día, la oposición cayó a
la lona.
La dirigencia opositora, la alianza
internacional antibolivariana y la maquinaria mediática (una vez más)
pretendieron negar la victoria popular del 30-J. Lo hicieron
endilgándole al gobierno su propia violencia y divulgando la versión de
que la elección había sido poco concurrida y fraudulenta. Esa “verdad”
ameritaba la tan pronosticada vuelta de tuerca de la violencia. Ante
tales supuestos hechos, los anteriores cuatro meses de muerte y agresión
han debido quedar pálidos. La reacción ante la tan cacareada
“dictadura” debió entrar entonces en una fase definitiva. ¿O no? Pero,
lejos de eso, la guarimba se desinfló en cosa de horas.
Algunos analistas, reponiéndose también
del nocaut, han dicho que el tránsito de la guerra a la paz fue producto
de que la dirigencia opositora hizo sus análisis verdaderos (no los que
hacen ante las cámaras ni en sus redes sociales) y llegó a la
conclusión de que había encajado una de las peores derrotas de su
historia, lo cual es bastante decir, porque es una historia plagada de
fracasos. Ellos (y ellas) saben perfectamente cuántas personas
participaron realmente en su plebiscito del 16-J. También saben que en
los cuatro meses de violencia solo hubo una participación masiva en las
primeras semanas, y que luego todo corrió por cuenta del ala pirómana,
de los delincuentes contratados y del aparato mediático (¡oootra vez!)
que pretendió teñir de heroísmo las expresiones más bárbaras y
demenciales que se hayan visto en estos tiempos por estos lados. Y
también saben que las cifras de la elección constituyente son reales.
Con semejantes datos, los llamados “moderados” (que en las épocas
violentas se hacen los desentendidos por si acaso los pirómanos logran
el objetivo de derrocar a la Revolución), impusieron su tesis de salvar
los despojos del naufragio, procediendo de inmediato a postular
candidatos para las elecciones de gobernadores.
Con el giro, los violentos quedaron como
fieras cebadas, ansiosos por volver a los ritos de destrucción que les
habían permitido vivir sus quince minutos de fama, reseñados en la
prensa mundial como mártires de la resistencia y nuevos libertadores.
Los moderados andan todavía confundidos. La misma dirigencia que les
lanzó a la aventura de la más absurda violencia, la que los incitó a
impedir a toda costa que sus vecinos ejercieran el derecho al voto,
ahora les dice que la salida es y siempre ha sido electoral.
Los pirómanos dejaron las calles muy a
su pesar y están a la espera de cualquier excusa para retomarlas (así
son los vicios). Los moderados se quedaron tranquilos porque se
encuentran en una especie de estado catatónico. Vaya usted a saber qué
inventarán cuando salgan de esa condición clínica tan grave.
Mientras tanto, la alianza
antibolivariana internacional (con el pelucón Trump, en persona, al
frente) y la maquinaria mediática global hacen malabares para explicarle
al mundo cómo es que la Asamblea Constituyente, que iba a desatar la
guerra civil, más bien ha desatado la paz nacional.

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